Lo que empezó como una jornada ejemplar fue alterada por los vándalos. El rechazo contra la violencia y las políticas del Gobierno motivaron en la noche un sonoro cacerolazo nacional sin precedentes.

La violencia con la que un puñado de vándalos casi echa al traste una jornada de protesta, que apuntaba a ser ejemplar, paradójicamente fue el combustible que justificó un cacerolazo nacional, para expresar la inconformidad contra el Gobierno y por los actos vandálicos, que opacaron el mensaje de las marchas. En la noche, miles de ciudadanos salieron a las calles, olla en mano, a realizar su propia protesta.
La de ayer fue una jornada que arrancó con la intención de expresar masivamente el descontento nacional con el Gobierno. Centrales obreras, estudiantes, diversos grupos sociales y ciudadanos se concentraron desde temprano para marchar contra de la corrupción, el fracking, la minería ilegal, las posibles reformas pensional y laboral, la privatización de entidades estatales, el aumento de la tarifa de energía, entre otras.
Fue un día de contrastes. Si bien en casi todo el país se conservó el espíritu de protestar sin violencia, al final de la tarde la situación se salió de control en ciudades como Cali, Bogotá, Popayán y Manizales, donde los disturbios y actos de vandalismo afectaron no solo la movilidad y los edificios públicos, sino la tranquilidad.
Sin embargo, lo que apuntaba a ser una noche de caos terminó siendo la mayor expresión ciudadana de repudio contra los violentos y las políticas del Gobierno. La indignación se manifestó en un cacerolazo, que empezó en Bogotá y con el transcurso de las horas se fue replicando por casi todo el territorio nacional.

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