Nadie se esperaba que este año, ni ningún otro, nos apareciera una pandemia, una que mantuviera en vilo al planeta por temor a la muerte, por temor a contagiarnos y a contagiar, una pandemia que ha cambiado la manera de vida de todos los habitantes del mundo, la manera de pensar y de actuar, la economía, los valores, los principios y hasta de pronto, el orden mundial. Las potencias entraron en una competencia por regir el planeta, por tomar el control y el poder de descifrar el origen del virus, de combatirlo y demostrar quién manda a quién.
Muchas teorías de derivan de la pandemia, unos dicen que existe y otros que no, la verdad, es que afuera hay algo que realmente es una amenaza y por tal motivo, la humanidad está prevenida y con miedo, sea lo que sea que esté pasando, ha cambiado el estilo de vida de todos los humanos.
El diario The New York Times realizó esta semana un interesante sondeo con 511 epidemiólogos sobre los tiempos que ellos calculan para que el mundo vuelva a ser ‘normal’. La mayoría coincide en que, al menos en Estados Unidos, ya es posible ir con ciertas precauciones al médico, al peluquero, y también salir en carro. Pero actividades como ir a una fiesta, sentarse con amigos al aire libre, trabajar en la oficina con colegas, enviar a los niños a las casas de otros y viajar en avión sólo regresarán entre seis meses y un año. Tardará aún más tiempo (12 meses mínimo) asistir a bodas y funerales, saludar de mano, ir a misa o a un concierto. Estas fueron sus respuestas en porcentajes.

Tipos de sangre pueden influir
¿Por qué algunos de los infectados con COVID-19 son asintomáticos y otros tienen síntomas severos? La respuesta podría estar en la genética. Por primera vez, científicos europeos documentaron en un estudio una relación fuerte entre las variaciones del ADN de cada persona y la severidad de la enfermedad. La que determina el tipo de sangre resulta clave, pues una persona A+ tendría mayor probabilidad de desarrollar fallas respiratorias. Asociaron ese tipo de sangre con un incremento de 50 por ciento en la posibilidad de que el paciente necesite oxígeno o un respirador. Investigadores chinos ya habían observado esa tendencia. Así, otros factores, además de la edad, influyen en su pronóstico. “Hay nuevos chicos en el barrio”, dijo el genetista molecular Andre Franke, de la Universidad de Kiel en Alemania y coautor del trabajo.
Este se encuentra en etapa de revisión para publicarlo, y otros vienen en camino.
¿Sirven los respiradores?
Cuando el paciente de covid-19 no puede respirar por su cuenta, el procedimiento estándar implica conectarlo a un respirador. Al principio estos aparatos eran clave, pero a medida que ha aumentado la experiencia, han surgido dudas sobre su impacto. De hecho, los pacientes que deben pasar por este proceso tienen una alta tasa de mortalidad. En Reino Unido, la cifra ha llegado casi al 50 por ciento, y según Michael O’Connor, director de cuidado crítico de UChicago Medicine, en Italia y Nueva York han tenido un éxito bajo. El método es muy invasivo y requiere un estado de inconsciencia que puede dejar secuelas. Algunos médicos piensan que hay opciones antes de usarlos como, por ejemplo, las máscaras de oxígeno. A pesar de la queja, no hay estudios científicos para corroborar esta tesis.


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