Fernando Ávila escribió sus primeras líneas periodísticas en el colegio, con ese nudo en la panza que producen las audacias. Eran cuatro hojas tamaño carta que cambiaba cada miércoles, con secciones fijas de deportes, cultura, novedades y el carro de la semana en tres dimensiones, pues se trataba de una miniatura prestada por un coleccionista. Luego, pasó a hacerlo en tamaño pliego, en una de las paredes más atravesadas del colegio, para más adelante avanzar, siempre con miedo y osadía, a tiradas de cien en hectógrafo y de casi mil cuando logró a pasar a mimeógrafo con esténcil electrónico, que permitía reproducir fotos.
Habría estudiado Comunicación Social o Literatura, pero prefirió medírsele al Diseño Gráfico y al Arte Publicitario, en la Universidad Nacional, a la vez que trabajaba en Diálogos Universitarios, primero como diagramador, que tenía que llenar huecos con supuestas cartas de los lectores; después como redactor y más adelante como jefe de redacción. En esa época escribía sobre hippies, universitarios destacados, actividades culturales, las artes plásticas en Bogotá y la música del momento, cuando los ídolos nacionales eran Harold, Óscar Golden y Lyda Zamora, y los internacionales, Enrique Guzmán, César Costa, Palito Ortega, Leo Dan y Raphael. Su banda sonora era Radio 15, bajo la batuta de Alfonso Lizarazo.
El 1.o de febrero de 1978 asumió, con otro nudo en la panza y un taco en el guargüero, la jefatura de redacción de Colprensa, en la sede de Prómec, empresa que comenzaba a afianzase con su inolvidable Dialogando, y que gracias a su solvencia ya podía asumir nuevos retos, como Colprensa y Prómec Radio, este último a cargo de Jota Mario Valencia. Fueron años de intenso trabajo y de intensa diversión, pues Jota Mario y Ávila formaron una llave capaz de combinar el éxito con una deliciosa vida social, llena de gente maravillosa. La belle époque. Años más tarde, Jota Mario se fue para Caracol TV, y Ávila aprovechó una beca de Adveniat, para participar en el Programa de Graduados Latinoamericanos, en la Universidad de Navarra.
A su regreso se dedicó a la cátedra universitaria y a la capacitación empresarial, sin dejar de lado la redacción de algún libro (ya lleva más de 25) y algún artículo de prensa (ha sido columnista de El Tiempo por cerca de 40 años) y para coronar sus estudios con una especialización en Creación Literaria, en la Camilo José Cela, de Madrid.
Acaba de salir de la imprenta una novela corta de su autoría sobre Evangelina la Endemoniada, historia que conoció a los 17 años, y que ahora, a sus 71, publica por primera vez. Supo de Evangelina durante una convivencia del Opus Dei en la Casona de Santa Rita, la misma que hoy se ve rodeada de edificios, pero que sigue como entonces, con el alarde de su balcón verde, traído de Pasto, donde uno de nuestros próceres gritó el célebre «¡Pastusos! ¿Queréis la cabeza del general Nariño? Aquí la tenéis». Ahora, Ávila, huyendo del caos de Bogotá, vive a dos cuadras de la Casona, que sigue rodeada de árboles centenarios y muros de bahareque, cada vez más asentados y avejentados.
Ávila todavía tiene la buena voz que los oyentes de Blu Radio conocieron durante su paso por esa cadena y de vez cuando dicta alguna clase protegiendo sus cuerdas con una bufanda de lana en el pescuezo. Su hijo Daniel Fernando, conocido en el mundo literario como Estaban Dublín, es un premiado publicista, director creativo de la prestigiosa agencia Ogilvi; su hijo Xavier Santiago, inventor del Juego de la Felicidad, es ingeniero de sistemas, y su hija María José, estudiante del Abraham Maslow, ya comenzó a escribir sus primeras narraciones.

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